jueves, 22 de mayo de 2014

SÓLO SI CUESTA ESFUERZO VALE LA PENA

Esta es, bajo mi punto de vista, otra de las creencias demoledoras que hemos aprendido.
La aborrezco, porque es mentira.
La detesto porque perpetúa una visión del mundo dolorosa, dónde tienes que dejarte la piel para conseguir algo de lo que quieres.
Asocia el conseguir algo con perder o renunciar a otra cosa a cambio.
Si no consigues tu objetivo está claro: no te has esforzado, el fracaso es tuyo y sólo tuyo.
Si te has esforzado y no lo has conseguido, también está claro: no te lo mereces, no te lo has ganado.
Sobrevive el más fuerte, que es el que se esfuerza y gana.
Además, está en oposición con su contrario:

SI ES FÁCIL NO ES DE VALOR

Que es otra mentira.

Si me he adaptado bien al cambio en la vida que supone tener un hijo, es que es suerte. Los padres de verdad son los que luchan y sufren.
Si tengo talento para el dibujo o la música, es decir, que me es fácil manejarme con formas, volúmenes, perspectivas o bien, con notas, melodías, sonidos...hasta que nos has estudiado diez o más años, hasta que no te has esforzado, tu talento no vale para nada.
Si he superado una situación dolorosa con cierta facilidad -por ejemplo, una separación o divorcio- entonces es que no le querías mucho...

Qué tremenda manía en perpetuar una creencia que no hace más que limitarte por todas partes:
- hay que sufrir
- hay que sacrificarse
- hay que renunciar
- hay que ganárselo
- hay que merecerlo
- si no lo alcanzas, es tu culpa





El esfuerzo implica lucha, y la lucha contiene el concepto de que ha de haber un ganador y un perdedor.
Estas creencias nos separan en vez de unirnos, nos convierten en competidores en lugar de en cooperadores. Nos encuadran en un rango social: los que vencen o los que son derrotados.

Fijemonos en la escuela: en lugar de alentar y apoyar los talentos, que es lo que poseemos de modo natural, se hinca el diente en aquello para lo que tenemos menos talento o ningún talento. La atención se pone en las asignaturas de primera clase (mates, lengua, sociales, naturaleza) y se desprecian las asignaturas que desarrollan el hemisferio derecho (por cierto, que es el que procesa las emociones) tales como manualidades, dibujo, música, danza...
¿No sería mejor alentar en los niños y niñas lo que mejor se les da? ¿Cuánto economistas -aún pudiendo hacerlo perfectamente- en realidad han querido trabajar en otro terreno, más acorde no con sus posibilidades sino con sus talentos? Podemos hacer una cosa bien, pero eso no significa que tengamos que dedicarnos a ello.

Un caso aparte es el deporte, ya que aquí es dónde el sermón del esfuerzo planta sus mejores semillas. No hay victoria sin dolor, por ejemplo, una frase tan manida en deporte. Vencer o morir, toma frase colapsante.

¿Cómo se aprende mejor -no sólo escolarmente sino cualquier cosa que queramos aprender-? Con una actitud concentrada y sólo podemos concentrarnos si estamos tranquilos; con una actitud curiosa, con deseo de explorar -y esto sólo pasa si estamos relajados, alejados de preocupaciones; con un sentimiento de alegría que nos impulsa con determinación a avanzar; con la atención puesta en lo que yo puedo hacer, no en el resultado (más exitoso o menos) que surja de mis acciones.

De este modo, la vida fluye desde las zonas de confort (lo que ya sabemos) hacia los territorios inexplorados (lo que aún desconocemos) con armonía, sin lucha, sin esfuerzo, con pasión, alegría, curiosidad, enfoque, meta. Es excitante aprender y crecer, de este modo. No importa cuándo consiga dominar ese aprendizaje, importa alcanzarlo y en el camino, disfrutar de lo que va pasando. Cada pequeño paso es en sí mismo un éxito desde esta perspectiva; es un logro que nos anima, nos motiva, nos empuja a seguir adelante; no se tienen en cuenta malos resultados, porque es natural hacerlo peor al principio y mejor al final. Cada equivocación, nos permite averiguar que es lo que no hay que hacer. Y esto es vital para aprender. Por eso, tenemos derecho aequivocarnos tantas veces como nos haga falta hasta haber aprendido.



La idea de que si está exento de esfuerzo, tiene poco valor, además nos sumerge en una trampa temporal: el presente no importa, porque lo que queremos está en el futuro. Miramos hacia ese futuro y sufrimos porque todavía no ha llegado el resultado que deseamos, en vez de concentrarnos en el presente que es dónde podemos tomar decisiones, dónde podemos disfrutar, dónde podemos crear... De ahí esa fijación con que llegue el fin de semana de tantas personas: el descanso, el goce sólo habitan en ese sábado o ese domingo. Así un enorme número de días del año sólo es espera ansiosa de unos pocos días de alegría. Así se les pasa la vida a muchas personas: en un soplo.

 Cuándo estamos centrados en el presente, cuándo nos entregamos a vivir intensamente cada minuto -sí, lo mejor que nos pasa y también lo peor, la vida es una suma de todo- la verdad es que sentimos que hay tiempo para todo, las horas no son ni largas ni cortas sino suficientes para desarrollar lo que queremos en ese momento. También nos sentimos muy bien, conectados con quien somos y con nuestro poder. Estamos más lúcidos, aprovechamos hasta la última gota nuestros talentos y cualidades. Nos damos cuenta de lo que está mal y se nos ocurre la forma de solucionarlo. Nos podemos comunicar de verdad, escuchando al otro -no sólo callando esperando mi turno- podemos compartir genuinamente; podemos elegir qué sí o qué no, desde nosotros mismos no desde clichés o creencias de otros.



Así que oye, no te creas todo lo que oigas -ni siquiera lo que yo te digo- y atrévete a explorar por ti mismo o por ti misma. Prueba, observa, analiza, soluciona, date oportunidades, ámate tal y como eres ahora mismo (no cómo te han dicho que debes ser), concéntrate en lo mejor, confía en ti, conecta con tu poder y con tu determinación. Disfruta de todo, aunque sea muy sutil. Coopera en lugar de competir, piensa en ganar-ganar no en ganar-perder (incluso contigo mismo). Tienes derecho a ser feliz, te lo mereces, ya te lo has ganado ¿sabes cómo? Porque existes, porque vives, porque eres tú.

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2 comentarios:

Cecil Y Bang dijo...

Tienes toda la razón, Susi. Hay tanto maratón por doquier, que las cosas pasan a demasiada velocidad como para detenernos un poco a contemplar el camino... Es triste, pero es así. Si lo haces -y la corriente no te lleva por delante, pisoteándote o como fuera-, acabas siendo un mirlo blanco. Vivimos en una sociedad donde todos saben "mucho" sobre "todo" y son "fuertes" y pueden con todo. Y luego hay niños sin atender, depresión, poca autoestima y colapso emocional por la frustración que sufres cuando las cosas no salen como tú habías previsto... Todo ello debido al tema del que tan bien hablas.

SUSI GRAU dijo...

Saludos Cecil Y Bang, depende de nosotros seguir cayendo en la farsa social, o salirnos de ella y cambiar las cosas. Decía un anuncio de hace años "la tradición está para romperla" y así es. Gracias por comentar, es un placer entablar una conversación ¡un abrazo!